
¿MORIMOS?
La muerte, un misterio inconmensurable que nos ha preocupado desde comienzos de nuestra existencia, un paseo inevitable que todos los seres humanos debemos atravesar y que no distingue raza o nación. Muchas veces ocurre de forma violenta como a Héctor Abad Gómez, otras, llega tranquila y serena como la brisa del mar en un muelle. En este ensayo especularé un poco acerca de ella, ya que soy solo un mortal más que se atreve a hablar de la única testigo que queda después de nuestro paso por este mundo, y a su vez dejaré claro por qué ésta no debe preocuparnos, ya que está escrita en nuestro destino desde el día en que nacemos:
“Sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día.”
El hablar de la muerte es una empresa difícil. En primera instancia porque en nuestra condición de humanos, éste estado inevitable toca toda nuestra sensibilidad, lo que nos hace verla de una manera totalmente subjetiva. En segunda instancia, por el sufrimiento (implantado a nivel cultural) que esta conlleva.
Las personas han implantado todo un sistema de duelo que hace ver a la muerte como la malvada que se lleva a nuestros seres queridos, el destino cruel y despiadado de todos los seres humanos que acaba con una vida de luchas y esfuerzos. Pero, ¿no podría ser el premio a una vida de luchas y esfuerzos? ¿El contemplar la eternidad no será el motivo más grande por que el que debemos luchar? ¿ Acaso el saber que es completamente factible que pase en algún momento no nos hará caer en cuenta que ese tiempo que tenemos es limitado, y por ende lo deberíamos usar para amar, disfrutar a las personas y las cosas que hacemos? Epícteto decía que La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte. A su vez decía que no había que lamentarse por haber perdido al ser querido. Sino agradecer el tiempo que estuvo a tu lado y su retorno a su esencia. Pero lamentablemente no lo hacemos. Es mejor culpar a alguien así ese alguien no sea humano.
Víctor Frankl, psiquiatra Australiano decía “La muerte como final de tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado a vivir” y por eso nos aterra la idea de morir.
Siempre estamos quejándonos de los demás, de sus acciones HUMANAS como las nuestras, despreciando su cariño, evadiendo una charla que puede ser la última “porque el tiempo apremia”. ¿Pero que es el tiempo? Borges alguna vez dijo que “La eternidad está en las cosas del tiempo” y el mismo Goethe en su afán por conocer la brecha entre lo científico y lo místico; su música (hubiera sido uno de los mejores compositores de su época) y sus múltiples obligaciones decía “Cada momento es único”. Lo difícil es encontrar ese espacio cerrado en el que pensamos que escuchar al otro o no hacer algo productivo es una pérdida de tiempo. Héctor abad Gómez tenía muy claro que el dedicar una parte de su vida a sus hijos no era una pérdida de tiempo y que los afanes de la vida cotidiana no recompensaban cada noche entre su familia: “Tranquila, hermanita, que para todo hay un tiempo”. Éste personaje supo cual era su tiempo y lo aprovechó al máximo hasta el día en que la misma muerte le avisó que era la hora y lo motivó a escribir “el epitafio de Borges copiado de su puño y letra salpicado de Sangre: “Ya somos el olvido que seremos”.
¿Por qué morimos?
Morimos por una simple razón, porque somos un cuerpo corrompible, corroíble que no está impregnado completamente de gracia divina y que tiene un período de tiempo para perpetuarse en la tierra, somos una planta parlante/pensante con el alma vegetativa que planteó Aristóteles que da frutos y riega raíces. Morimos por la simple razón de que no somos indispensables en la tierra; somos seres transitorios que venimos a cumplir una misión en un tiempo y lugar determinados; facultados con otros dos tipos de alma que nos hacen seres privilegiados (sensitiva e intelectiva), la trascendencia de nuestra alma consiste en dejar una semilla, un pensamiento o algo que nos haga realmente inmortales a través del tiempo en la memoria de otros.
“No es la muerte la que disuelve el amor, es la vida la que disuelve el amor”.
Morir es una cuestión subjetiva. Todos los días morimos, para unos, para otros… morimos en la mirada de aquel que nos olvida, morimos en la mente de aquel que encuentra a alguien mejor, aquel que ya no ama, aquel que desprecia, aquel que irrespeta. Aquel que pierde las ilusiones de vivir, aquel a quien se las roban.
¿Qué sucede en la muerte?
Según una definición de Internet:
“La muerte consiste en la separación del alma y el cuerpo. Tiene lugar cuando el cuerpo se deteriora tanto que el alma es incapaz de mantenerlo en vida. Entonces se produce la ruptura. El cuerpo sin alma pasa a ser un cadáver. En cambio, el alma se dirige a su destino.”
Personalmente, creo que el alma se queda entre los humanos, se queda en la memoria de las personas, se queda en los recuerdos que nutren la historia de la humanidad. Cuando en el libro, Héctor Abad Faciolince hace referencia a las palabras de su padre con respecto a la muerte de su hermana como: “decía que no había existido nunca, que era solo una hermosa leyenda” está dando un carácter mítico a la persona querida, la recuerda como una hermosa historia de la que hicieron parte personajes en un tiempo determinado pero que prevalece a través de él y la memoria de los aún vivientes que sobrepasa nombres y espacios físicos.
El alma no va a ningún sitio, pues es ésta la que inmortaliza un hombre en la memoria de todos los hombres. Cada vez que una persona dice una frase como “Recuerdo la confianza que papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante” está resucitando en el mundo de los vivos un episodio de la vida que para siempre quedó marcado en uno de los aún presentes en él, que tendrá descendencia y pasará a los otros de su entorno y así ad infinitud.
¿En necesario preocuparnos por la muerte?
Creo que no. Cuando esté cerca la sentiremos venir como lo hizo Héctor Abad Gómez. Estamos facultados para recibir las señales que nos indican que está cercana nuestra hora de partida. La muerte no debe ser una preocupación ya que es inevitable. Nuestra verdadera preocupación es qué hacemos en vida para que nuestra muerte no sea una vela consumada, un barco sin zarpar, una canción nunca cantada. Por último, la muerte llegará a nuestro umbral el día que lo disponga, nos llevará queramos o no. No sé si preocuparnos por ella sea el sentido para el que nacimos; nacimos para amar y para prevalecer a través de la historia de la humanidad como parte del tiempo y miembros de la eternidad.
“Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarcar el infinito en la palma de la mano
Y la eternidad en una hora.
Aquel que se liga a una alegría
Hace esfumar el fluir de la vida;
Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.”
Johann Wolfang von Goethe
BLAKE, William
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